martes 12 de febrero de 2008

Una sorprendente y hermosa declaración sobre la libertad de la primera mitad del siglo XIX por revelación


Consideramos que el concepto de que todos los hombres son creados iguales y que todos tienen el privilegio de pensar por sí mismos cualquier asunto relativo a la conciencia es un principio justo, uno cuya potencia toda persona debe examinar debidamente. En consecuencia, no estamos dispuestos, ni lo estaríamos si tuviéramos el poder, a privar a nadie de ejercer esa independencia de la mente que el cielo tan gentilmente ha concedido a la familia humana como uno de sus dones más selectos.
Abrigo los sentimientos más generosos y caritativos hacia todas las sectas, partidos y denominaciones; y considero sagrados y preciados todos los derechos y libertades de conciencia sin despreciar a hombre alguno por discrepar conmigo en asuntos de opinión.
Los santos pueden testificar si estoy dispuesto a dar mi vida por mis hermanos. Si se ha demostrado que he estado dispuesto a morir por un mormón, declaro sin temor ante los cielos que estoy igualmente dispuesto a morir en defensa de los derechos de un presbiteriano, un bautista o cualquier hombre bueno de la denominación que fuere; porque el mismo principio que hollaría los derechos de los Santos de los Últimos Días atropellaría los derechos de los católicos romanos o de cualquier otra denominación que no fuera popular y careciera de la fuerza para defenderse.
Lo que inspira mi alma es el amor por la libertad, la libertad civil y religiosa para toda la raza humana. Mis abuelos inculcaron en mi alma el amor por la libertad mientras me sentaban sobre sus rodillas.
Si considero que el género humano está en error, ¿lo he de oprimir? No; procuraré elevarlo y lo haré según su propia manera de pensar si no puedo persuadirlo a creer que mi manera es mejor; y no trataré de obligar a ningún hombre a creer como yo, sino por la fuerza de la razón, porque la verdad abrirá su propio camino.
Siempre debemos ser conscientes de los prejuicios que en ocasiones surgen de tan extraña manera y son tan comunes en la naturaleza humana, los cuales se manifiestan hacia nuestros amigos, vecinos y hermanos del mundo que prefieren diferir de nosotros en sus opiniones así como también en asuntos de fe. Nuestra religión queda entre nosotros y nuestro Dios. Su religión queda entre ellos y su Dios.
Cuando observamos en el hombre cualidades virtuosas debemos reconocerlas siempre, sea cual sea la comprensión del que las posea con respecto a credos y doctrina; pues todos los hombres, poseyendo derechos inalienables y las altas y nobles calificaciones de la naturaleza y de la preservación de sí mismos son, o deberían ser libres de pensar, actuar y decir lo que quieran, siempre que mantengan el debido respeto hacia los derechos y privilegios de toda otra persona, sin infringir ninguno de ellos. Esa es una doctrina a la cual me aferro de todo corazón y la practico.
Toda persona tiene derecho a su albedrío, porque Dios así lo ha ordenado. Él ha constituido en agentes morales a todos los seres humanos y les ha dado el poder de escoger entre el bien o el mal (…) Uno de los primeros principios de mi vida, uno que he cultivado desde mi niñez – y fue mi padre quien me lo enseñó – es conceder a toda persona la libertad de conciencia …. En mis sentimientos existe la disposición de estar siempre listo para morir en defensa de los justos derechos del débil y del oprimido.
No hay que altercar con ningún hombre a causa de su religión; y todos los gobiernos deberían permitir que toda persona practicara su religión si ser molestada. Ningún hombre está autorizado para quitarle la vida a otro por motivo de diferencias en cuanto a la religión y/o la opinión, la cual todas las leyes y todos los gobiernos deberían tolerar y proteger, ya fuere verdadera o falsa.
Cultivaremos la paz y la amistad con todos, nos ocuparemos de nuestros propios asuntos y tendremos éxito y seremos respetados, porque al respetar a los demás, nos respetamos a nosotros mismos.
(Enseñanzas de los Presidentes de la Iglesia - José Smith - Pags. 366 y 367)

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Es reallmente hermoso. Me he emocionado al leerlo